UN MAL NECESARIO

Las formas de dolor son diversas. No todo dolor llega con grandes rupturas ni con explicaciones extensas. A veces basta una pequeña porción que no encaja, algo mínimo que deja de embonar, una sensación que ya no encuentra su lugar. Y aunque parezca pequeño, puede desbordarlo todo. Puede alterar los sentidos, desestabilizar el sistema y expresarse a través del dolor.

Hay separaciones que no tienen una razón única ni un momento exacto. Son procesos silenciosos que se van acumulando, pequeñas incomodidades que, con el tiempo, se vuelven inevitables. No siempre hay culpa, no siempre hay responsables, simplemente algo ya no funciona, algo dejó de pertenecer.

Nuestra separación era inevitable.
Lo supe, aunque me resistí.

Me quitaste el sueño algunas noches. Hubo dudas, momentos de espera, intentos de adaptación. Pensé que quizá podría sostenerlo un poco más, que tal vez la incomodidad disminuiría. Pero no. La sensación permanecía, cada vez más clara, cada vez más evidente.

Era definitivo.
Tenía que ser una extracción.

Dolió. Como duelen las decisiones necesarias. Fue una batalla breve, pero intensa. Hubo tensión, incomodidad, un instante donde el cuerpo se resiste y la mente confirma. Y luego, el silencio. Ese momento donde todo cambia y, aunque persiste la sensibilidad, también aparece la certeza de que no había otro camino.

La decisión no daba paso a más. Era contundente, necesaria. A veces, separarse no es una opción, es una necesidad para recuperar equilibrio, para restablecer orden, para volver a sentir calma.

Gracias por el tiempo compartido, por lo dado, por lo paladeado, por cada momento vivido. Fuiste parte de una experiencia que, aunque breve, tuvo su sentido. Cada mordida dejó una historia, cada instante tuvo su lugar.

Hoy, simplemente, eres parte del pasado.
Y aunque dolió… también era necesario dejarte ir.