El niño y su capacidad de cambio: aprender a ser como el agua

La infancia, la disposición al aprendizaje y la extraordinaria capacidad humana de adaptarse.

El agua tiene una característica extraordinaria: puede adoptar la forma del recipiente que la contiene sin perder su naturaleza. Se mezcla con otros elementos, fluye entre obstáculos, cambia de estado y responde a las condiciones del ambiente. No necesita conservar una forma determinada para seguir siendo agua.

Esta imagen nos permite reflexionar sobre una de las capacidades más importantes del ser humano durante la infancia: la disposición al cambio.

Un niño llega al mundo sin conocer muchas de las reglas, explicaciones y significados que los adultos hemos construido. Su experiencia todavía está formándose. Observa, explora, imita, pregunta, ensaya y aprende. Lo que hoy desconoce puede convertirse mañana en una habilidad cotidiana.

Su capacidad de adaptación no significa que carezca de emociones, temores o necesidades. Significa que, en condiciones favorables, posee una notable disposición para incorporar experiencias nuevas y modificar sus respuestas.

El niño no necesita tener todas las respuestas

Una de las diferencias entre la infancia y la vida adulta se encuentra en nuestra relación con lo conocido.

Los adultos acumulamos experiencias que nos permiten anticipar acontecimientos, tomar decisiones y protegernos. Sin embargo, esas mismas experiencias pueden llevarnos a defender nuestras interpretaciones, repetir conductas y resistir situaciones que cuestionan lo que creemos saber.

El niño, en cambio, todavía está construyendo muchas de esas interpretaciones.

Para él, una experiencia nueva puede representar una oportunidad de descubrimiento. Una palabra desconocida invita a preguntar. Un objeto diferente despierta curiosidad. Una actividad que no domina puede convertirse en un juego.

No siempre necesita demostrar que sabe. Muchas veces, simplemente quiere aprender.

El aprendizaje comienza cuando existe disposición para descubrir algo diferente de lo que ya conocemos.

Como el agua: adaptarse sin dejar de ser

El agua no discute con el recipiente. Adopta su forma.

El niño también aprende a desenvolverse en los ambientes donde crece. Incorpora palabras, costumbres, formas de relacionarse y maneras de responder a los acontecimientos.

Pero existe una diferencia fundamental: el niño no es una sustancia pasiva que deba tomar cualquier forma que el adulto decida imponerle.

Tiene temperamento, necesidades, preferencias y una identidad en desarrollo.

Por eso, educar no debería significar moldearlo a nuestra conveniencia, sino ofrecerle condiciones para que descubra sus posibilidades, desarrolle sus capacidades y aprenda a decidir progresivamente.

El ambiente influye, pero no determina por completo quién llegará a ser.

Un entorno que escucha favorece la expresión. Un entorno que permite preguntar estimula la curiosidad. Un entorno que reconoce el error como parte del aprendizaje facilita que el niño vuelva a intentarlo.

Por el contrario, cuando el ambiente castiga constantemente la equivocación, ridiculiza las preguntas o exige obediencia sin comprensión, el niño puede aprender a callar, evitar riesgos o temer aquello que desconoce.

La capacidad de adaptación puede mantenerse, pero no toda adaptación representa bienestar.

El miedo y la resistencia también se aprenden, pero no solamente se aprenden

Los niños sienten miedo. Pueden resistirse a separarse de sus figuras de cuidado, a cambiar de escuela, a conocer personas o a realizar actividades desconocidas.

Estas respuestas forman parte del desarrollo humano y cumplen, en muchas ocasiones, una función protectora.

Sin embargo, también aprenden de las reacciones de quienes los rodean.

Cuando un adulto responde con serenidad ante una dificultad, muestra una manera de enfrentarla. Cuando escucha antes de juzgar, enseña que las emociones pueden expresarse. Cuando reconoce sus errores y modifica su conducta, demuestra que cambiar es posible.

De esta manera, el niño no solamente aprende de lo que le decimos. Aprende también de lo que hacemos repetidamente.

La infancia no está libre del miedo; está llena de oportunidades para aprender qué hacer con él.

La disposición: una puerta abierta al aprendizaje

Aprender requiere algo más que recibir información.

Requiere explorar, practicar, equivocarse, reconocer diferencias y volver a intentar.

En la infancia, el juego constituye uno de los espacios más importantes para desarrollar estas capacidades. El niño puede convertirse imaginariamente en médico, maestro, constructor o explorador. Cambia de papel, ensaya comportamientos y descubre posibilidades.

No necesita que todas sus experiencias produzcan resultados inmediatos.

Muchas veces, el valor está precisamente en experimentar.

Los adultos podríamos recuperar algo de esa disposición. No para renunciar a nuestra experiencia, sino para evitar que lo aprendido se convierta en una frontera que nos impida seguir aprendiendo.

Porque una cosa es tener conocimientos y otra muy distinta es creer que ya no necesitamos conocer nada más.

¿Qué sucede cuando crecemos?

Con el paso de los años construimos hábitos, creencias, relaciones y formas relativamente estables de interpretar la realidad.

Estas estructuras son necesarias. Nos proporcionan continuidad, identidad y herramientas para responder a situaciones complejas.

El problema aparece cuando confundimos estabilidad con inmovilidad.

Podemos comenzar a pensar que nuestra manera de reaccionar es la única posible, que nuestras costumbres no pueden modificarse o que cambiar significa renunciar a quienes somos.

Entonces, aquello que alguna vez aprendimos para adaptarnos puede convertirse en una limitación.

El niño nos recuerda una posibilidad que permanece durante toda la vida: podemos incorporar aprendizajes, revisar interpretaciones y desarrollar respuestas diferentes.

La capacidad de cambio no desaparece al llegar a la edad adulta. Lo que puede cambiar es nuestra disposición a ejercerla.

Educar para conservar la capacidad de cambiar

Quizá una de las tareas más importantes de la educación sea evitar que la curiosidad natural de la infancia termine sustituida por el temor permanente a equivocarse.

Esto no significa educar sin límites.

Los límites proporcionan seguridad, orientan la convivencia y ayudan a desarrollar responsabilidad. Pero pueden establecerse sin anular la iniciativa, la creatividad ni la posibilidad de preguntar.

Un niño necesita aprender que existen consecuencias, pero también que puede reparar errores; que hay reglas, pero también razones para comprenderlas; que las dificultades pueden provocar frustración, pero no necesariamente representan incapacidad.

Necesita adultos que acompañen su desarrollo sin exigirle convertirse en una reproducción de sus propias expectativas.

Educar también implica reconocer que el niño está construyendo su manera de estar en el mundo.

Volver a aprender del agua

El agua puede cambiar de forma y de estado. Puede fluir, detenerse, evaporarse o congelarse, según las condiciones que encuentra.

La metáfora no pretende explicar literalmente el desarrollo psicológico, sino invitarnos a observar nuestra relación con el cambio.

El niño aprende porque se encuentra en un proceso continuo de desarrollo, porque explora y porque interactúa con un mundo que todavía tiene mucho por descubrir.

Los adultos también podemos cambiar. Aunque nuestras experiencias hayan consolidado determinadas formas de pensar y actuar, seguimos teniendo capacidad para aprender.

Tal vez la diferencia no esté solamente en lo que sabemos, sino en cuánto estamos dispuestos a revisar lo que creemos saber.

Un niño no necesita dejar de ser quien es para aprender algo nuevo. Los adultos tampoco.

Y quizá ahí se encuentre una de las enseñanzas más importantes de la infancia: crecer no debería significar perder la disposición para cambiar.


Reflexión final

No se trata de que el niño se adapte a todo, ni de que acepte cualquier circunstancia sin resistencia. También necesita aprender a protegerse, expresar desacuerdos y reconocer aquello que le hace daño.

Se trata de comprender que su desarrollo ofrece oportunidades extraordinarias para aprender nuevas formas de pensar, sentir, relacionarse y actuar.

El niño, como el agua, nos recuerda que cambiar de forma no significa perder nuestra esencia.

Dr. Antonio Arenas Ceballos
Psicoterapeuta
arenaspsicoterapeuta.com