Tostado y caliente…

Hoy recordé la anécdota de “tostado y caliente”, y con ella regresé, casi sin darme cuenta, a una etapa de mi vida que ya roza los treinta años de distancia. Así funcionan los recuerdos: llegan sin pedir permiso, activados por un detalle mínimo, en este caso, un pan servido exactamente como debía ser.

Hace muchos años conocí a un personaje que marcó mi historia de manera sutil pero profunda. Por cuestiones de trabajo, de esas que empiezan formales y terminan volviéndose entrañables, comencé a convivir con el contador José Carballo Dzul, mi queridísimo Pepe Carballo. Un ser humano extraordinario. Bromista, juguetón, con ese tipo de humor fino que se disfraza de solemnidad. Siempre serio, siempre correcto… y siempre listo para soltar una ironía que terminaba en una risa franca, amplia, contagiosa.

Pepe me enseñó, entre muchas cosas, que el pan se come tostado y caliente. Parece una nimiedad, pero en realidad era toda una filosofía. Recuerdo una mañana, durante un desayuno en un hotel de Ciudad del Carmen, en la que se quejaba ampliamente:
—“No sé por qué no entienden el concepto de tostado y caliente; es por demás”.
Lo decía con un tono que simulaba molestia, pero inmediatamente lo remataba con una risa que desarmaba cualquier formalidad. Desayunaba, sí, pero el pan… ese no lo tocaba si no cumplía con la condición exacta.

En una ocasión, cansado de verlo observar el pan como quien evalúa una obra inconclusa, le pregunté directamente qué era lo que quería. Sonrió, como si la respuesta fuera obvia, y me dijo:
—“Es simple… tostado y caliente”.

Después explicó el procedimiento, con lujo de detalle, y entendí que no era terquedad: era claridad. Lo que llegaba a la mesa, la mayoría de las veces, no cumplía con la expectativa. Y ahí volvía la frase, casi como un mantra: tostado y caliente.

Hoy, al ver el pan servido exactamente así, te recordé, querido Don Pepe. Recordé tus pláticas, tus anécdotas de la Isla, de la esquina del color, y también al ingeniero y amigo Marcos, porque las historias nunca viajan solas. Traen personas, risas, contextos, tiempos que ya no están, pero que siguen vivos en la memoria.

Toda historia, con el paso del tiempo, adquiere nuevos condimentos. Hoy, sin duda, el principal fue la melancolía. Pero una melancolía buena, de esas que no duelen: acompañan. Como el pan… cuando llega, por fin, tostado y caliente.